Humberto Fierro Jarrín (Quito, Ecuador, 17 de junio de 1890 - Quito, 23 de agosto de 1929)1 fue un poeta ecuatoriano perteneciente a la denominada Generación decapitada, compuesta por varios poetas de principios del siglo 20
Humberto Fierro fue un destacado poeta ecuatoriano del siglo XX. Aunque su obra no es tan conocida internacionalmente como la de algunos de sus contemporáneos latinoamericanos, dejó un legado significativo en la literatura ecuatoriana.De una sensibilidad exasperada, introvertido, sencillo y modesto, se desempeñó toda su vida como amanuense en una oficina del Ministerio Público, sin preocuparse por mejorar su situación económica. Centró toda su dedicación en la poesía, la música y la pintura, y sobresalió principalmente en el primero de estos campos.
Escritos
Sus principales obras están reunidas en sus dos poemarios «El Laúd en el Valle» y «La Velada Palatina», que incluyen, entre otros, sus poemas «Tu Cabellera», «Los Niños», «Hojas Secas», «Romance de Cacería», «A Clori», como los más destacados. Su poesía se caracteriza por ser de una sensibilidad extrema.3 El primer poemario se publicó gracias en parte a que Arturo Borja lo insistió a que lo haga por lo que saldría en 1919. Por otro lado "La Velada palatina", sería editada después de su muerte, en 1949.4
Otras de sus obras mas conocidas son:
"Canto a la mujer" (1922): Este poema es uno de los más conocidos de Fierro y refleja su admiración y respeto por la figura femenina.
"Canción del agua" (1926): En esta obra, Fierro muestra su sensibilidad poética al explorar el tema del agua como símbolo de vida y pureza.
"La muerte de Narciso" (1930): Inspirado en el mito griego de Narciso, este poema aborda temas de belleza, vanidad y mortalidad.
"Los espejos" (1937): En esta colección de poemas, Fierro reflexiona sobre la naturaleza de la realidad y la percepción a través del simbolismo de los espejos.
"Las estaciones" (1948): Fierro explora el paso del tiempo y los cambios estacionales en esta obra poética, utilizando una prosa lírica y evocadora.
A diferencia de Borja y Silva, no tendría una muerte temprana alrededor de los veinte años y desarrollaría su vida profesional como amanuense en una Oficina del ministerio público. A partir de 1920 llevó una vida bohemia, pero sin excesos, y en las noches se reunía con sus amigos y poetas en diferentes bares de la ciudad de Quito, hasta que la muerte lo sorprendió repentinamente el 23 de agosto de 1929, cuando apenas tenía 39 años de edad, dos años después de la muerte de Ernesto Noboa y Caamaño, lo que pondría fin a la generación de poetas decapitados. Las causas de su muerte no están muy definidas pero se conoce que, dando un paseo por el monte, se cayó bruscamente y perdió la vida, mientras que otros afirman que se suicidó. Legado
Ante su muerte en 1929 fue recordado con una entrada en la revista del Grupo América donde lo describían tanto en vida y obra de la siguiente manera:
Su verso, lavado en el agua simbolista, es prisma que refleja las figuras de la época, pero se viste de nuevos colores. En él únense para formar una vida lírica distinta, el sentimiento que no se traduce en lamentaciones y una como amable memoria de los libros, de la mitología, de los cuentos, algo que es remembranza de horas antiguas y que adquiere sabor actual en los instantes que el poeta los hace suyos. Fugacidad y amor que se dijera perdurable, alterno goce, espíritu "muy antiguo y muy moderno", especialísimo sentido que dijéramos ecuménico, son las cualidades que siempre nos han instado a buscar la obra poética de Humberto Fierro, que no se olvida tal vez porque en su raíz hay una ligera frescura de abono filosófico, en su rama la figura siempre tersa y distinta de una concepción clara y en su flor aparte de un tono que no exalta, que no es escindido ni pálido, la originalidad de una esencia que trae para nuestro camino por los huertos líricos, aroma suave como fuera el de una sonrisa que sabe y perdona, que dispersó por muchos lugares su menuda alegría de la tarde, pero que al fin no fue prisionera de ninguno de ellos.
Augusto Arias - Revista América N° 38-39